domingo, 17 de noviembre de 2013

74.- Tabernas, bares y cafés

Hasta años los años sesenta del pasado siglo los bares, cafés y tabernas de nuestro pueblo, al igual que la mayoría de esta clase de establecimientos en el medio rural andaluz, eran patrimonio de los hombres. Allí iban ellos a beber, tomar café, jugar al dominó o a las cartas, hacer tratos, encontrar trabajo para el día siguiente o hablar del tiempo; de política más bien poco porque siempre había un guardia civil cerca.

A mediados del siglo pasado el casco urbano del pueblo era pequeño (las casas iban desde la Fuente Vieja hasta la Linde) sin embargo había una decena de tabernas y, aunque la gente apenas disponía de dinero, siempre estaban llenas.

Las mujeres (casadas, solteras y no digamos viudas) sólo entraban en semejantes tugurios el Día de la Virgen o en alguna otra fiesta muy sonada, y en estos días tan especiales lo más que tomaban era un café; algunas se atrevían con una copa de aguardiente dulce.

Tales restricciones tradicionales fueron superadas con las modernidades y costumbres más liberales que llegarían a principios de los años sesenta, por la misma época en que se inició el consumo de cerveza, y cuando Rafalito Julián instaló en el salón de arriba el primer televisor de la comarca. Eso sí, para ver la tele había que pagar la entrada o consumir algo.

El aliciente de los bares y tabernas era, y sigue siendo, la tapa: conejo, chivo, setas, pajarillos, boquerones o ‘caramales’. De las bebidas destiladas tenía enorme éxito el aguardiente, consumido por clientes empedernidos en cantidades ingentes desde bien temprano; el coñac era para las noches. No se conocían ni güisquis ni rones ni ginebras. De bebidas refrescantes estaban las Mirindas y las gaseosas que traían del Colmenar, hasta que llegaron las Cocacolas y las Fantas.

He aquí algunas fotografías que han sobrevivido al tiempo, donde se nos muestran imágenes de los bares, de sus dueños y de algunos clientes que los frecuentaban.

La taberna de Miguelillo Podadera estaba en la plaza del ayuntamiento, la plaza de España, donde hoy está la tienda de Amparo Chicón. Su mujer, Rosarillo, preparaba las tapas de conejo del campo como nadie. Miguelillo era un personaje curioso y muy inteligente pues, además de atender a la numerosa clientela, lo mismo pelaba, afeitaba, sacaba una muela, ponía una inyección o arreglaba un reloj.


El segundo por la izquierda es Miguelillo. Los ojos que asoman por el mostrador son los míos.
Se ve a Cristóbal Palma, la Araceli Perota...

En la antigua calle del general Quiepo de Llano (antes Alfonso XIII y hoy 1º de mayo) estaba uno de los bares más antiguos, el de Juanico la Bigota. Sus estanterías se ven bien surtidas de diferentes clases de aguardiente, coñac, vermú, vino de marca… Tenía una mesa de billar en la que lucía su destreza Manolito el de la Rubia, un verdadero maestro en el arte de las carambolas con las tres bolas.

Juanico la Bigota sirve una copa. Ahí están el Chivito, el Nutrio, Pepe Herrero...


Mi padre regentó durante unos años una tasca en el local que había sido la tienda del Estanquero. En el mostrador, cerca del cajón de los dineros, había un trozo de tabla desgastada por los golpes que durante años el Estanquero dio a los duros de plata para comprobar si eran falsos o auténticos.

Aunque las comodidades de la taberna no eran muchas, nunca faltaban clientes: desde la madrugada para beber aguardiente de Rute seco, y durante todo el día, jugándose a la ronda la copa de vino de Montilla que se habían bebido y que al final nadie pagaba. Aguantando discusiones, tratos y trampas, mi padre terminó compartiendo copas con su asidua clientela para cumplir el viejo refrán que dice: “El tabernero, viendo que no vendía, también bebía.”

Mi padre, tras el mostrador y con una señal de luto en la chaqueta, compartiendo con los clientes: Gutiérrez, Eduardo, Manolillo gitano...


El bar de Marquitos era pequeño y estaba situado en lo que fue durante un tiempo la peluquería de Raquel, frente a la pescadería. Su clientela era escasa pero fija. Recuerdo que, sobre el dintel del hueco que daba a la cocina, había dos litografías intrigantes. En ellas se marcaba el trayecto de la vida desde la cuna a la sepultura: unas escaleras por las que un hombre y una mujer subían desde la infancia hasta la madurez y bajaban los peldaños hasta la decrepitud de la vejez y la muerte.

Antonio el Rubio, Gamboa, un Muñoz, Antonio Guiñarra
 
Una de las tabernas con más éxito del pueblo fue la de Manolo ‘Alpargatas’, situada a la entrada de la calle Queipo de Llano, ahora Primero de Mayo. Antes de abrir este local en lo que fue la casa de Primitiva y Cristóbal el Sordo, Manolo Alpargatas regentó durante un tiempo la taberna de Miguelillo Podadera cuando éste murió.

Cada atardecer el bar de ‘Alpargatas’ era lugar de reunión de grupos de trabajadores del campo, albañiles y cazadores que bebían juntos y ajustaban las cuentas de las peonadas. Durante el día se jugaba a las cartas y se discutía de caza y de toros. Su especialidad eran las tapas de conejo, las setas y los pajarillos.

Manolo Alpargatas con su cuñado y dos sobrinos.
 

Otra foto del bar de Alpargatas donde aparecen Pepe Herrero, Pedro el de la tienda, Manolo Chiquitín, Chivito, Manolo Huevos, Tres cuartas...


La Fonda era el café moderno del pueblo, bien decorado, bastante acogedor y en el que se hacía el mejor café. En invierno las mesas redondas tenían refajo y un brasero con ascuas; era un local al que solía acudir la gente de ideología más conservadora.

El salón de arriba de la Fonda, durante años fue salón de baile, luego Juan Molina lo convertiría en cine (el tercero del pueblo), posteriormente sirvió de criadero de pollos y por último, hasta que lo compró Joseíto Arradio con el dinero que le había tocado en Alemania, terminó partido en habitaciones para servir de fonda. Ahora es La Alacena.



De izquierda a derecha, el cabo Bonilla, el alcalde Coscurrones, Cristóbal el Sacristán y el sargento de los Peláez

Mi hermano de Pedro de camarero en el bar de la Fonda

Antonio el Correo y su familia tenían el bar situado en la parte baja de su casa. La Frasquita la Finita preparaba unas tapas exquisitas y Antonio, cuando se popularizó la cerveza, la despachaba en pequeños tubos que costaban dos pesetas con su tapa correspondiente.

En una especie de sótano o habitación soterrada y algo oscura, a la que pronto la gente la llamó La Cochinita, instaló un televisor con lo que aumentó notablemente la clientela, sobre todo la de parejas de novios.

Fino, Encarnita, Frasquita, Antonio, Cristóbal


En la misma acera del Correo y a escasos diez metros, estaba el bar del Barquillero, lugar obligatorio de reunión para jóvenes a medio día. Los sábados, domingos y festivos eran las parejas y familias enteras las que llenaban el interior y las mesas colocadas en la calle a lo largo de la fachada. Por aquellos entonces, el tráfico de coches por los adoquines era casi nulo.

Antonio, junto con su familia, consiguió crearse una clientela con gente del pueblo y de otros sitios, gracias a las tapas y raciones de pescado. También instaló el primer televisor de color en el saloncito interior.

Detrás del mostrador están Antonio, su mujer Rosario, Paquillo el de la viuda, Diego Podadera, un Correo, el Brigada...
Delante están Manolo Molina y Antonio Canovillas. A la derecha, en primer plano está la inconfundible cartera del fotógrafo Antonio Rama.

Antonio Barquillero, el Brigada, el Capitán Pompas, Eduardo Patasnegras...

Rafalito Julián tenía un carácter más bien desabrido y un bar mediocre pues las tapas no eran su especialidad. No obstante, como se ve en las fotografías, el ambiente era de mucha animación. Había una mesa de billar y los jóvenes la alquilaban por horas para jugarse las pocas perras que tenían.

Lo mejor del bar de Rafalito, que luego sería uno de los mejores alcaldes del pueblo, era el salón de arriba donde instaló el televisor de marras. Este salón sirvió durante años como sala de baile, con aquella memorable orquesta de los tres bomberos y su animadora. Allí se celebraron las primeras bodas multitudinarias. Los días de baile, a la entrada de las escaleras que subían al recinto siempre había un portero que te cobraba. A este salón le dedicaremos una entrada.


Un bar de los más animado

En el Cine España, situado al lado de la carretera frente al grupo escolar, había un café al que acudían los vecinos de aquella parte del pueblo. Era el lugar de parada de los autobuses que iban y venían de Málaga y Antequera. Los días en que había cine (jueves, sábados y domingo) la concurrencia aumentaba sobre todo durante los intermedios de la película.

Cuando el cine cerró, la clientela del bar siguió siendo fiel, pues la cocinera preparaba unos boquerones a la plancha exquisitos. Eso sí, estaban contados: si se presentaba alguno más de los clientes diarios se quedaba sin tapa.
 
Antonio Veneno, Guiñapito...


Al fondo, en la pared, se ven los carteles de películas que se proyectaban en el Cine España.

sábado, 16 de noviembre de 2013

73.- Acompañando procesiones (1)

Durante casi tres semanas, este blog del MURRE ha estado silenciado; la razón ha sido puramente técnica, y es que mi ordenador que es antiguo (es de los de gasoil) un día comenzó a echar humo y no tuve más remedio que llevarlo al técnico. Una vez subsanados los problemas mecánicos, seguimos con nuestras historias. (Esto lo decía yo el año 2013)

Hoy veremos algunas fotos en las que hay gente acompañando a diversas procesiones, de día o de noche, con velas o sin ellas, con cura o sin cura. Toda procesión se compone de tres partes indispensables: una imagen que se lleva en andas, un recorrido o itinerario fijo por el que se pasa, y gente, cuanta más mejor, que la acompaña. ¿Qué sería de una procesión sin gente? O viceversa.

Antiguamente esos actos eran una mezcla de devoción religiosa y de expresión festiva. Las mujeres aprovechaban la ocasión para lucir el modelo que estrenaban. Algunas iban descalzas y con una vela en la mano cumpliendo la promesa hecha por algún favor recibido. En un pueblo sin tele, sin entretenimientos y con muy pocas ocasiones para viajar, las festividades de la Semana Santa, El Corpus, El Día de la Virgen o la Navidad eran los esperados momentos de asueto y de diversión colectiva.

las dos primeras fotos están tomadas en un momento del recorrido de la procesión de san Isidro. La imagen y los acompañantes suben por la cuesta del grupo escolar. Esta procesión  de san Isidro es el 15 de mayo y estaba patrocinada por la antigua Hermandad de Labradores y Ganaderos, una especie de sindicato del campo. Un detalle: aunque el trono, el santo y las flores no pesaban mucho, el caso es que solo hay cuatro hombres que lo llevan, y además cuesta arriba. Los palos que portan en la mano eran una especie de horquetas que servían para apoyar el peso del trono cuando se paraba la procesión.

El pecho del Grupo Escolar y entrada a calle Inés Molina.
Años 70. Muchas mujeres aún llevan el delantal.

El alcalde era Manuel el practicante.

Un día del Corpus.
El cura, José María Astorga; el monaguillo, Juan Francisco; el alcalde, Rafael Castillo.

La Virgen de los Dolores llegando a la plaza de la iglesia.

Con las palmas, un domingo de Ramos.

Fotografías de distintos años en las que aparecen mujeres con mantilla, peineta y vela en la mano acompañando la procesión de la Virgen de los Dolores.

Isabelita de la Fabriquilla, Loli del guardia León, Encarnita de Juanito la Bigota y Rosalía del Rubio.






Mocitas y mujeres, en fila y con velo en la cabeza el día del Corpus.

Pepa, Anita, Eloísa, Rosarito, Isabelita, Anita, Rafalita...




Descalzas por los adoquines durante una procesión.


Las autoridades (alcalde, juez y comandante de puesto) acompañando al trono.







Dos fotografías en color de la procesión del día del Corpus.
En la primera el alcalde era Antonio Moreno. En la segunda el alcalde era Rafalito 'Julián'.




Las dos últimas fotografías posiblemente se tomaron el día en el que entraba al pueblo Antonio Muñoz Sedano recién ordenado sacerdote. La gente que había ido a recibirlo camina con dificultad por la avenida de Juan Molina, hecha un pedregal pues estaba en obras.



Las dos mujeres que se ven a la derecha, cogidas de la mano y mirando dónde ponen los pies, son mi madre y mi abuela. También se ve Peláez el municipal, Pepe Marcos, Paco Muñoz, Benito Velasco, mi hermano Pepe...

martes, 29 de octubre de 2013

72.- Velasco y Merino

El otro día me crucé con unos críos de entre diez y doce años y sin poder disimular mi tradición de enseñante les pregunto:
-¿Adónde vais?
-Al colegio -me respondieron muy educadamente.
-¿Y cómo se llama vuestro colegio?
-Velasco y Merino -dijeron casi a coro.
-¿Y quiénes eran estas dos personas? -insistí con mis preguntas más propias de un examen oral.
Ninguno supo dar norte de aquellos nombres ni de por qué se los habían puesto al colegio.

El paso del tiempo lo borra casi todo, y de esa erosión de la memoria no se escapan ni siquiera los nombres de personas que les dimos a lugares o instituciones de nuestro pueblo para honrarlos y recordarlos: Calle Nicolás Morales, APMA Inés Molina, Avenida Juan Molina, Calle Teniente Alcalde Diego Navas, Instituto José Hernández, biblioteca Dulce Chacón...

Entre los muchos y muy buenos maestros y maestras que han impartido su docencia en Villanueva del Rosario, destacan dos maestros: don Juan Antonio Velasco Muñoz y don José Merino Valenzuela. Don José Merino llegó al pueblo antes de la guerra, en 1933 junto con su mujer, también maestra, doña Carmen Iglesias Zamarra. Aquí nacieron sus dos hijos, Quica y José Miguel, y de aquí se marchó a Madrid en 1959, donde se jubiló y falleció años más tarde. Un poco antes que don José, en 1931, soltero y con 24 años, tomó posesión de su plaza de maestro en nuestro pueblo don Antonio Velasco, después de ejercer durante un tiempo en Villanueva de la Concepción.

Eran aquellos años unos tiempos muy duros y con dos maestros y dos maestras bastaba para enseñar lo  más elemental a los pocos niños y niñas que podían permitirse el lujo de asistir durante unos años a la escuela. La inmensa mayoría de aquellos críos y crías comenzaban a trabajar o a servir desde la más temprana edad.

Una de las labores más encomiables que hizo don Antonio Velasco fue la de formar grupos de estudiantes a los que preparaba para examinarse de Bachillerato en Antequera, Málaga o Granada. Yo mismo fui alumno suyo durante un tiempo y soy testigo del empeño que ponía don Antonio en que estudiase, aunque mi familia a veces tenía que pagarle las clases con un saco de carbón porque la economía no daba para más. Gracias al saber y al interés de aquel hombre fueron muchos los saucedeños que consiguieron 'sacarse una carrera', como entonces se decía. Ejerció su labor docente en Villanueva del Rosario hasta septiembre de 1958. Antes de marchar a Dos Hermanas, su nuevo destino, un grupo de antiguos alumnos, entre los que había médicos, maestros, farmacéuticos, veterinarios, técnicos sanitarios, le hizo un homenaje.


Fachada del colegio Velasco y Merino el año 2013

Placa de cerámica en la que se recuerda los años en los que estos maestros trabajaron y vivieron en el pueblo.

El Grupo Escolar no comenzó a funcionar como centro de enseñanza, para lo que había sido construido, hasta principios de los años cuarenta del siglo pasado, una vez acabada la Guerra Civil. Antes las clases se impartieron en un viejo edificio que se derribó para instalar la Caja de Ahorros de Antequera (actual Unicaja) y también en el primitivo edificio del reloj, donde además estaban las casas de los maestros. Las dos fotos siguientes fueron tomadas en el patio de una de estas dos escuelas.

Don José a la izquierda y don Antonio a la derecha, rodeados de alumnos, entre los que estaban Juan Molina, Enrique Vallejo, José 'El Moro'...




Carmen Iglesias y sus alumnas.

Don Antonio Velasco y sus alumnos en Villanueva de la Concepción

Don Antonio Velasco y un grupo de estudiantes hacia 1953
Sentados: Alfonso, Pepe Luis Godoy, José Antonio Ruiz, Pepe hermano de Leo, yo, Paneque, Pepe Repiso y uno que vivía en el cortijo de la Paloma.
De pie: don Antonio, El Terrizo, Benito hijo de don Antonio, Lucio Repiso, Juan García 'el Chato', Inocencio, Manolín, otro hijo, y la Trini del Gamba.

Don José Merino junto a unos niños de primera comunión. Los de la derecha son Armando y Sergio.

Carmen Iglesias con su clase.

Don José Merino delante de un grupo de chicos y chicas vestidos para el día del Domund.
Los misioneros de la derecha e izquierda somos José Miguel Merino y yo.

En septiembre de 1958, antes de partir para su nuevo destino en Dos Hermanas, antiguos alumnos le hicieron un homenaje a don Antonio Velasco.


De izquierda a derecha: Inocencio, Pepe el del sacristán, Carmen de don Luis, Cristóbal el médico, Hilario Mejías, Loli, hija d don Antonio, Manuel el practicante, don Antonio, su mujer, Lucio Repiso, José Antonipo Maeras, Cándido Porras, Luis farmacéutico, Sebastián practicante, Benito, Manolín, Alfonso, Juan el veterinario...

Los mismos en una comida de homenaje a don Antonio.
Yo, aunque fui alumno de don Antonio, no estoy en la foto porque en aquellos años estudiaba en el Seminario de Málaga.

El médico don Cristóbal, don Antonio, Benito su hijo, don Luis el farmacéutico, Sebastián el practicante




En 1974 un grupo de amigos promovimos la idea de dar el nombre de estos dos maestros al colegio. En la foto se ve el momento en el que don Antonio Velasco nos agradece el haberse acordado de de él y de su compañero don José Merino.

Al lado de don Antonio está doña Carmen, viuda de don José Merino. Yo soy el de traje, camisa blanca y brazos cruzados.



Dos vistas del edificio del Colegio Público Velasco Merino y de su entorno.