En un partido de fútbol, cuando a los jugadores les interesa perder tiempo, siempre tienen el socorrido recurso de lanzar el balón fuera del campo y ganar así unos preciosos segundos. En el lenguaje futbolístico esta táctica se conoce como ¡Balones fuera¡, pero en nuestro peculiar léxico futbolístico saucedeño, para referirnos a este lance del partido, empleamos una exclamación más explícita y precisa: ¡Balones a las habas¡
Este dicho tan nuestro nació en los tiempos en los que los aficionados a este noble deporte en Villanueva del Rosario no disponían de un campo de fútbol municipal, porque había que darle patadas a la pelota en un campo que ni era municipal ni era de fútbol: era simplemente eso, campo. Los jugadores esperaban impacientes durante todo el invierno y buena parte de la primavera a que alguna de las fanegas de tierra, más o menos llana y cercana al pueblo, quedara despejada y así poder jugar una vez segado y recogido el pejuar: trigo, cebada, matalahúga o habas.
A veces se tenía la suerte de que alguna haza en condiciones quedara todo el año de barbecho y disponible, si el amo del terreno lo consentía, para que los intrépidos deportistas desfogaran todas las tardes sus ganas de pegarle patadas a una pelota; pero cuando llovía, por muy de barbecho que fuera, no se podía pisar el terreno pues era un puro barrizal.
Quedaba, eso sí, el recurso de irse a las eras que, como estaban empedradas y libres durante el invierno, permitían el peloteo y el partidillo sin miedo al barro. Las eras más grandes eran las de abajo: la de Coscurrones, la del Zocato o la del Canelo. Las de la Fuente Vieja era más pequeñas, redondas y casi todas servían de mular durante buena parte del año. Lo malo de jugar a la pelota en un sitio empedrado como una era son las caídas y rachones cuyas consecuencias resultan siempre más dolorosas que si se producen en un lugar terrizo. Echar un partido en una era tenía su mérito y aquella época tan dura debería ser conocida como la edad de piedra del fútbol saucedeño.
Como muestra la fotografía tomada a principios de los años sesenta, el presunto campo de fútbol en el que se disputaban los partidos lindaba con la tierra de labor, estaba pendiente y lo había cedido su propietario Paco Matapollos para que jugara el Santa Rosa, que así se llamaba nuestro equipo de fútbol.
El hombre que está arando, indiferente a lo que sucede en el campo de fútbol, es el abuelo de Miguel ‘Veleta’. Y es allí, a lo sembrado, a las habas adonde irán a parar los balones que se salgan del campo por la línea de banda.
Y hay una segunda foto, tomada desde el cerro Bastián, en la que se atisban hormigueros de deportistas pegándole patadas a la pelota en la haza de Matapollos.
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| Los edificios del centro son el almacén del trigo y el matadero. El gran patio rodeado de un muro blanco es el patio del matadero. Al fondo, el Peñón de Solís. |


ResponderEliminarHasta los 13 años participé activamente a esos partidazos memorables.Marqué algunos goles frente a porteros épicos como José el Manazas.¿Carrera de futbolista frustrada?No lo pienso pero hay queda la duda.