jueves, 3 de abril de 2014

100. Anecdotario 1

En esta entrada (la número 100) no busque fotos de gente porque no las hay, pero por favor, no salga de la página y lea un poco: de verdad que leer no hace daño.
En la vida cotidiana de Villanueva del Rosario, como en la de cualquier pueblo, no son raros los momentos en los que se producen ‘chapuces’ y peripecias curiosas que, contadas de boca en boca, forman parte de la pequeña historia que conforma la vida en comunidad. Normalmente son situaciones cómicas, resueltas con gracia y que en ocasiones dan lugar a un dicho o refrán cuyo origen, si no se cuenta, es desconocido por las nuevas generaciones.
He aquí tres anécdotas protagonizadas por saucedeños de ahora y de antes.

Veinte o treinta litros
Ese gitanillo simpático y dicharachero que se pasa las mañanas y las tardes en la venta Las Delicias copa va y copa viene, al atardecer de un día lluvioso volvía en su coche hacia el pueblo y, al intentar tomar la curva que hay antes del puente del Arroyo para meterse en la avenida Bastián (la M30), se encuentra con el coche de la guardia civil.
Uno de los guardias le da el alto y, conociéndolo como lo conocen y sin necesidad de gastar un aparato de esos de soplar, le pregunta:
-¿Ha bebido mucho?
-En las Delicias dicen que unos veinte o treinta litros.
(Como venía como venía, y en el aturullamiento de responder a la curiosa pregunta del guardia civil, el gitano había confundido el beber con el llover)
Los guardias, disimulando la risa como podían, le dicen indicándole el camino:
-Anda, tira para tu casa y gasta cuidado.





Más calmoso que Canelas
(Recogido en el libro de José Nateras y Diego Navas, publicado en 1954)

“Se cuenta que existía en la localidad un hombre apodado Canelas, dotado de una parsimonia y flema que envidiaría el proverbio árabe. Entre sus muchas muestras de hombre tranquilo se señala que, asediado constantemente por su esposa para que le enseñase Málaga, una buena mañana aparejó su jumento decidido a que su mujer hiciera el ansiado viaje a la capital de la provincia, pero tras muchas horas de camino, al llegar a la Fuente de la Reina, desde donde se divisa a lo lejos la ciudad, le dijo tranquilamente a la costilla:
-¿Qué, María, ves Málaga? ¿La has visto ya?
-Sí, sí, ya la veo –respondió ella con alegría.
-Pues si ya la has visto, vámonos para el Sauceo.
Y sin más, arreó tranquilamente la bestia, dio la vuelta y, sin atender las razones y protestas de su compañera, emprendió en regreso al pueblo.”

“En otra ocasión, teniendo el referido ‘Canelas’ una plantación de zanahorias cerca del río Guadalhorce, en un lugar conocido como la Venta de José María, observó un hurto de dicho tubérculo por parte de una mujer que, no lejos del lugar, púsose a lavarlos. Se encaminó nuestro hombre al lugar junto al río donde la mujer lavaba las zanahorias  y entabló tranquila conversación con la discípula de Caco y, sin referirle que tenía conocimiento del hurto, esperó y observó pacientemente la faena del lavado. Luego que hubo terminado la mujer y cuando iba a despedirse de ‘Canelas’, éste la retuvo diciéndole: ¿Qué? ¿Ya terminaste tú? Pues ahora has de espera a que te lave yo. Y en un periquete zambulló a la pobre mujer en las aguas del río, aunque luego le cedió sus zanahorias.”

(Hace unos años llegó a mi casa una mujer que se presentó como desciende del ‘Canelas’ de esta historia, buscando información sobre su antepasado. Le conté lo que sabía y ella prometió enviarme desde Valladolid, donde vivía, cuantos datos tuviera.
Al cabo de un tiempo me escribe una carta en la que adjunta algunas fotografías. Resulta que su abuelo materno, José Mª Fernández Muñoz, que era nieto de José María Fernández Loza el ‘Canelas’, había nacido en Villanueva del Rosario pero que había emigrado a Ceuta con toda su familia. Allí les contaba a sus hijos y nietos las andanzas y ocurrencias de su abuelo Fernández Loza, el ‘Canelas’, de cuando andaba por las calles de nuestro pueblo a mediados del siglo XIX haciendo gala de su buen humor y de su tranquilidad proverbial. En la carta se incluían varias anécdotas de su trastatarabuelo de las que entresaco la que sigue.

“Cayó María Galeote Olivares (la mujer de ‘Canelas’) en una especie de tinaja que tenían en el suelo donde conservaban alimentos; la pobre mujer no se dio cuenta de que estaba abierta y resbaló colándose por el agujero. Empezó a gritar el nombre de su marido para que acudiera en su ayuda pero, además de José María Fernández, acudió una vecina que había oído los gritos. Cuando la mujer estuvo a salvo la vecina le preguntó insistentemente: Pero María, ¿cómo te has caído a la tinaja?, así que mi tatarabuelo agarró a la vecina por los brazos y la tiró dentro de la tina diciéndole: ¿Ves? Así se ha caído mi mujer.”

Al final de la carta, María F. Jiménez Fernández prometía volver al pueblo de sus antepasados pues, dice, “nuestras raíces más profundas están en esa tierra de la provincia de Málaga”.


José María Fernández Loza, 'Canelas' en una fotografía del XIX con el traje típico de la época

Francisco Fernández Galeote, nieto del 'Canelas', en Ceuta rodeado de sus  nietos

Cencerrazo de ida y vuelta
Hasta no hace mucho tiempo las bodas de los viudos solían celebrarse casi a escondidas, de madrugada, a una hora intempestiva para así huir de la maliciosa curiosidad del vecindario; pero como por entonces no se llevaba tanto lo del viaje de novios, la luna de miel había que pasarla en la propia casa. Llegada la noche, grupos de mozos armados de cencerros y de todo tipo de cacharros ruidosos, rondaban la vivienda de los recién casados para darles, durante tres jornadas, el tradicional cencerrazo. La pareja no tenía más remedio que aguantar el chaparrón de latas hasta que la gente se hartaba.
Una vez, de esto hace ya bastantes años, se casó en el pueblo un viudo que, por su posición económica y por cierta influencia que ejercía sobre las autoridades locales, consiguió que la Guardia Civil vigilara los alrededores de su casa para que así nadie se atreviere a darle su correspondiente cencerrada.
Cuando todo indicaba que aquel viudo privilegiado se iba a escapar de la ‘serenata’, de pronto, a media noche, en medio de la oscuridad y del silencio del pueblo, comenzó a oírse un estruendo de cencerros que avanzaba lentamente calle abajo hacia la casa del viudo, donde se encontraban apostadas las fuerzas del orden que vigilaban la tranquilidad del domicilio conyugal. Casi a tientas, porque la noche era oscura y no había luces en la calle, la pareja de la Guardia Civil se dirige hacia el lugar de donde vienen aquellos acompasados cencerrazos y, de pronto, al revolver la esquina, ven aparecer una fantasmal manada de vacas impresionantes, cada una con varios cencerros colgados, metiendo un ruido infernal que retumbaba en el silencio de la noche. Detrás, arreando el ganado, venía Paco ‘El Laña’ con su flema y sorna características. Cuando los guardias le preguntaron que qué era aquello, Paco ‘El Laña’ les contesta con la mayor tranquilidad del mundo:
-¿Es que ya ni siquiera se puede sacar las vacas a beber?
Los agentes no tuvieron más remedio que apartarse y dejar paso libre a las vacas y a Paco, que se iba riendo entre dientes, camino de la Fuente Vieja en un insólito y original cencerrazo de ida y vuelta.

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