martes, 23 de noviembre de 2021

286.- Monaguillos

Es una lástima que el oficio, la faena y la presencia del monaguillo haya desaparecido de los actos religiosos que celebra la iglesia. El monaguillo, al menos en nuestro pueblo, es una especie extinta.

Yo, que estuve de monaguillo entre 1951 al 1956, año en que me fui al Seminario a estudiar para cura, recuerdo bien las infinitas tareas que tenía encomendadas este tan mal pagado personajillo eclesiástico. En la parroquia el que mandaba era el cura párroco, luego estaba el sacristán y por último los monaguillos, porque siempre habíamos al menos dos.

Éramos espabilados, estábamos en todos los fregados y conocíamos la complicada parafernalia de la iglesia. (La gente decía, y no sin razón: "Si quieres tener un hijo pillo, mételo a monaguillo".) Cuando hablo de la iglesia siempre me referiré a la antigua, la que tenía tres naves con un pasillo central, con las mujeres siempre a la izquierda y los hombres siempre a la derecha. Ellas con velo y ellos con el sombrero, la gorra o la boina en la mano. Mi hermano Manolo, que fue monaguillo, contaba que una mujer le llamó la atención porque entraba en la iglesia con su boina en la cabeza. "Yo entro en la iglesia con boina -le respondió- porque es que yo ya tengo confianza con los santos".

Eran aquellos los años del nacionalcatolicismo, y la iglesia y sus representantes (obispos, canónigos o curas), aparte de ser ministros de los oficios religiosos, estaban presentes en muchos actos públicos: inauguraciones, colocaciones de la primera piedra, bendición de negocios, acompañantes de ilustres visitantes... Y si había un cura, allí siempre tenía que haber un monaguillo con el recipiente de agua bendita (acetre) y el esparcidor de dicha agua bendita (hisopo).

Para no alargarme en detalles sobre los actos religiosos que se celebraban la parroquia, y que darían para una enciclopedia, enumeraré sucintamente las faenas propias del ser monaguillo:

Abrir y cerrar la puerta de la iglesia
Preparar en la sacristía los ornamentos del cura
Tener preparado el cáliz, el vino y el agua de las misas
Buscar en las casas vecinas la candela del incensario
Encender, y luego apagar, las velas del altar
Pasar la bandeja petitoria en todas las misas
Montar los catafalcos en los funerales de primera categoría
Tocar la campana para misa (toque normal o repique en las fiestas) o para difunto (doblar)
Ayudar a misa
Asistir a los entierros
Ayudar en los bautizos
Asistir a bodas
Acompañar al cura cuando iba a dar la extremaunción a los enfermos
Acompañar con el cura las procesiones el día de la Virgen, Viernes Santo, Corpus, san Isidro...
Vender por las casas las bulas que libraban a los vecinos que pagaban de la obligación de ayunar o de no comer carne en cuaresma
Acompañar al cura cuando iba por casas y cortijos pidiendo para el Seminario o para el Domund
Acompañar al cura cuando iba a decir misa en las escuelas capillas de Las Carboneras, La Tosquilla o El Cerro Limón.

Aparte de mí, que heredé el oficio de mi hermano Manolo, recuerdo otros monaguillos: José Miguel Merino, Hilario, Alberto de la Rubia, Juanito, el 'Ministro' (que murió de meningitis), Luis de la Alonsa, Luisito de don Luis, Miguel de Catorso, Juan Francisco y Antonio hijos de Benede, Pepe el del Cele... En mis tiempos, los monaguillos íbamos de paisano hasta que se les adjudicó el uniforme: sotana roja y roquete blanco con encajes en las mangas.

Yo, aunque no soy un buen contador de historias, prometo poner por escrito algunas de las experiencias que viví y sufrí ejerciendo como monaguillo con los dos curas que me tocaron: don Timoteo Polo García y don José María Astorga y Astorga. Lo que nunca tuve claro fue lo de mi sueldo, o estipendio como antes se decía. El único dinero que pillábamos los monaguillos era el que nos daban, y no siempre, los padrinos de los bautizos y los de las bodas.

En Villanueva del Rosario, la época gloriosa de la monigallería fue en los años en los que ejerció de párroco de nuestra iglesia el inolvidable don Santiago Martínez Alcalá. Tuvo hasta diez monaguillos, entre monaguillos y monaguillas. Un día le dedicaremos una entrada del MURRE a nuestro insigne y querido Santiago.

Santiago en el altar mayor con algunos de sus monaguillos

Hacia 1954. Bendición de un almacén que abrió Juan Molina.
El del acetre en la mano soy yo. a mi izquierda, mi hermano Pepe.
Asisten Marquitos, Miguel el Carbonero, Juan Molina, Lucas Recovero, Antonio Cano, Cristóbal el sacristán...

Inauguración Caja de Ahorros de Antequera.
Monaguillos: José Miguel y yo, con mi flequillo.



El mismo acto

Los mismos

La misma inauguración con las mocitas dando lustre al acto.

Corpus. Pepe del Cele lleva la cruz

Monaguillos: Alberto de la Rubia e Hilario

Bendición escuela-capilla del Cerro Limón.
Monaguillos: Luisito Durán y Miguel de Catorso

Corpus. Monaguillos Hilario y Alberto.
En primer plano, Cristóbal el Sacristán

Monaguillo: Antonio de Benede

Comuniones. Monaguillo Pepe del Cele

Delante de las procesiones van tres niños que llevan los dos ciriales y la cruz


En la casa del fondo, la del portón negro y con dos ventanas nací yo un día de agosto del año 1944.

Don Diego Ortega da la comunión en la iglesia antigua

José Miguel Merino moviendo el incensario



Primera piedra del Matadero. Monaguillos son Juanito, que se casó con la Juanita de Tedoro.
El de la cruz creo que es Benito Alba



Inauguración de las casa baratas.


Consagración de la nueva iglesia.
El obispo don Emilio Benavent y algunos monaguillos

Monaguillo: Juan Francisco de Benede

Antonio espera las monedas que le va a dar Joaquín, padrino de nuestra boda

Otro padrino buscando la cartera para dar algo a los dos monaguillos que esperan

Bautizo con monaguillo. Ahí estamos Mari Carmen, Manolo, Remedios, yo...

Procesión del Corpus hacia 1974
En medio de los monaguillos ando yo con pantalones de campana.




viernes, 12 de noviembre de 2021

285.- El reloj

 Campana sobre campana
y sobre campana dos,
ya tenemos en el Sauceo
mucho más que un reloj.

Mucho más que un reloj son dos relojes. No es una letrilla de carnaval; es lo que ha pasado en nuestra querida población. Llevábamos décadas sin reloj público que funcionase ni campana que diera las horas, cuando de pronto y de buenas a primeras nos encontramos con dos relojes cantantes y sonantes, colocados uno frente al otro.

Uno es reciente, digital, religioso, utiliza la campana de la iglesia, es espiritual pues no tiene ni esfera ni agujas que giren; eso sí, a los que vivimos en la plaza nos da puntualmente las horas, a las doce de la mañana entona el ángelus, de noche duerme y recibe órdenes desde el vecino Trabuco. La hora suena en la misma campana que desde hace dos siglos y pico toca a misa, dobla a muerto, sonaba a rebato cuando había incendios. Antes lo de tocar la campana era todo con trabajo manual pues el badajo se movía con el esfuerzo de los monaguillos que tirábamos de la cuerda.

El otro reloj, el que acaba de resucitar, es más viejo. Con dos pelotas que casi tocan el cielo, preside el penacho de la casa de servicios sociales a la que todo el mundo conoce como la casa del reloj.

Hasta que el Vaticano no ordene lo contrario o el viejo reloj se averíe de nuevo, los vecinos y vecinas (así dicen que hay que decirlo) de nuestro pueblo oiremos las horas con sonido estereofónico, cada hora repetida de uno y otro lado. Eso sí, la campana del viejo reloj es puro bronce con su pequeña dosis de oro, una pieza excelente según nos cuenta Sebastián Aracil, el técnico al que el ayuntamiento ha contratado para poner el reloj de nuevo en marcha; suena mucho mejor y está más acostumbrada a darnos las horas. Además, las repite.

Si alguien quiere saber algo más de la historia del reloj puede visitar la entrada del MURRE que publiqué en noviembre del año 2012.

Aprovechando que vivo cerca, que tengo máquina de retratar y que los técnicos me dejaron, hice algunas fotos que aquí os muestro.

La maquinaria del reloj que el pueblo compró en 1950 se conserva en muy buenas condiciones y es una maravilla de la mecánica. Volvieron a instalarlo tras la reedificación del inmueble en 1990. El problema es que las ruedas y engranajes se mueven por la fuerza de unas pesas que hay que subir cada día: había que darle cuerda. Por eso se sustituyó hacia 1995 por un reloj eléctrico.





Restos de la primitiva esfera de cristal.




Foso de unos siete metros por el que descienden las pesas


Palanca para subir las pesas


Artilugio eléctrico que mueve las agujas, marca las horas y ordena los toques

Vista de la esfera desde el cubículo de la maquinaria

Sebastián Aracil, técnico en relojes

Trampilla por la que accedí a la maquinaria

La iglesia, la campana y el círculo que pudo contener una esfera de reloj.



Las dos pelotas en todo lo alto









Frente a frente, remates con pelotas