martes, 15 de febrero de 2022

292.- Táper o fiambrera

Así se espantaba un temporero andaluz del modo de hablar en Francia a su vuelta de la vendimia: "¡Hay que ver cómo son los franceses! ¡Mira que llamar fromage a una cosa que se está viendo que es queso!". Pues lo mismo podríamos decir de los que se han apuntado a la moda de decir táper, sabiendo que no es más que una fiambrera. Es que el inglés tira mucho.

Porque si en vez de que fuera una americano de apellido Tupper el que inventara el táper o fiambrera de plástico (tupperware), hubiera sido un español de apellido, por ejemplo,  López, ahora este portaviandas se llamaría Lópezware. El caso es no usar la tradicional palabra castellana fiambrera, que a algunos les suena a viejo, antiguo, de campo, de pueblo, de trabajador precario.

Antes de nada tenemos que ponernos al día. La Real Academia de la Lengua, que ya ha reconocido el anglicismo tupper y lo ha castellanizado en táper (quizá porque le recuerde a tapar y tapadera), dice lo siguiente de esta nueva palabra:

táper. Recipiente de cierre hermético, que se usa para guardar o llevar alimentos.

Pero ni aclara que es de plástico ni pone que su sinónimo es fiambrera, que es lo que al fin y al cabo es un táper. Tampoco hace hincapié en que el cacharro y la palabra, estaban mucho antes en nuestra vida y en nuestra lengua. De fiambrera dice tres cosas.

fiambrera. Cestón o caja para llevar el repuesto de cosas fiambres. 2. Cacerola, ordinariamente cilíndrica y con tapa bien ajustada, que sirve para llevar la comida fuera de casa. 3. Conjunto de cacerolas iguales que, sobrepuestas unas a otras y con un braserillo debajo, se usan sujetas en dos barras de hierro para llevar la comida caliente de un punto a otro.

El táper equivaldría al de la segunda acepción, al de cacerola etc. Se supone que la fiambrera se llamaría así porque sirve para llevar fiambres, pero no es del todo así. ¿Qué dice el diccionario de la RAE de fiambre?

fiambre. Carne o pescado que, después de asados o cocidos, se comen fríos, y también la carne curada.

También dice que 'fiambre' es un modo coloquial que se usa para referirse a un muerto, pero aquí no viene al caso.

Antes de que en España hubiese Reales Academias de la Lengua (creada en 1714), un tal Sebastián de Covarrubias publicó el año 1611 su Tesoro de la Lengua Española o Castellana, una especie de diccionario pero escrito con más gracia. Esto es lo que dice de fiambre y de fiambrera.

fiambre. Quasi friambre, la carne que después de asada o cocida, se come fría, manjar que el estómago le abraça muy mal.

Cuando Covarrubias dice "casi friambre", es para recordar que la palabra fiambre viene de frío. En cuanto a que "el estómago le abraça muy mal" es que esa carne, según él, no es fácil de digerir. Sigue Covarrubias:

fiambrera. Un género de cestones que suelen llevar los señores de camino con cosas fiambres, para poder comer y bever quando y donde quisieren.

Son cestas grandes de mimbre o de otras fibras entrelazadas en las que se llevaba la comida, bebida y los avíos para poder comer en el campo cómodamente. De esas fiambreras se habla en capítulo XIX de la Primera Parte del Quijote.

Es de noche, y don Quijote, lanza en ristre, dando voces y con porte de loco ha puesto en desbandada una procesión de clérigos que, alumbrándose con antorchas, venían por un camino y transportaban desde Baeza un difunto para enterrarlo en Segovia. Aprovechándose de la oscuridad y del desconcierto que su amo había provocado en aquella especie de procesión, Sancho no perdió el tiempo y desvalijó las provisiones que los curas habían dejado en su huida. Luego, caballero y escudero llegaron a "un espacioso y escondido valle, donde se apearon y Sancho alivió el jumento; y tendidos sobre la verde yerba, con la salsa de su hambre, almorzaron, comieron, merendaron y cenaron en un mesmo punto, satisfaciendo sus estómagos con más de una fiambrera que los señores clérigos del difunto en la acémila de su repuesto traían."

Las fiambreras de las que habla el libro y que Sancho y don Quijote desvalijaron, debían de ser cestas y cestones bien provistos de toda clase de viandas de las que se pegan al riñón: queso, torreznos, chorizos, arencas, dulces en almíbar, hogazas de pan del trigo de entonces, algunas botas de vino, morcilla en manteca, quizás una tortilla española redonda y rolliza...

Para ilustrar las posible pugna entre fiambrera y táper, aquí pongo algunas fotos de objetos que entran en el tema que hoy tratamos, sin meternos en las honduras de hablar de zurrones, talegas, alforjas, cestas... 

Hay un dicho en nuestro pueblo que, a mi parecer, no debe caer en el olvido. Los años del hambre, como así se llamaron, coincidieron con las casi dos décadas posteriores a la guerra civil. La gente no tenía nada que comer ni nada que darles a sus hijos. Pedían de puerta en puerta; los que piden se llaman pordioseros porque piden "por Dios, dame algo". En muchas casas no había nada que dar. Sí había un sitio, un cortijo, al que la gente iba a pedir y nunca venía de vacío. Era el cortijo del Turco. De la bondad y generosidad de aquella familia, sobre todo de Mamá Juana, salió el dicho que se usaba para confirmar que algo es cierto: "Es más seguro que talega en el Turco".


Capacha en la que llevaban los jornaleros la comida al campo

Fiambrera de las de siempre

La misma, de frente

Fiambrera múltiple con fuego en la base

Conjunto de fiambreras que formarán parte del futuro Museo Etnográfico.

Portaviandas moderna que mantiene el frío.
Neverilla de los albañiles

Táper

Táperes.
Si la hubiera inventado un español debería haber sido Táperez


lunes, 7 de febrero de 2022

293.- Ordenanzas Municipales del año 1952

Mi correo: fjacuriel@hotmail.es

Hoy vamos a hablar de nuevo sobre Ordenanzas Municipales, pero no de las vigentes, pues por más que busco, ni veo Ordenanzas ni veo Municipales. Conoceremos las Ordenanzas que regían la vida del pueblo hace setenta y pico años.

Fueron aprobadas por unanimidad de los concejales en el pleno del Ayuntamiento celebrado el día 10 de octubre del año 1952. Las voy a transcribir, aunque las fotocopias que manejo se pueden leer sin dificultad ya que quien las escribió (Enrique Navas, el del sacristán) tenía una caligrafía cuidada y elegante. Al final reproduzco las páginas originales. Estas Ordenanzas de 1952 constan de 17 Artículos.

Artículo Primero. Se establece en esta Villa, y en particular a los dueños y usuarios de las viviendas, la obligación de efectuar todos los días la limpieza de la vía pública en todo el frontil de su casa, debiendo ésta de quedar terminada forzosamente a las diez de la mañana; las demoras no justificadas serán sancionadas con multas de cinco pesetas diarias.

Aunque no lo diga, las que tenían que barrer cada mañana, y bien temprano, la puerta de su casa eran las mujeres. Y las calles, la mayoría, estaban empedradas o terrizas, llenas de cagadas de mulos, de cabras o de guarros.

Artículo Segundo. El que ensuciare o hiciese aguas menores en la vía pública será sancionado con multa de veinticinco pesetas, y en caso de ser algún menor, será satisfecha por sus padres en la cantidad de diez pesetas.

El verbo ensuciar era el que se usaba para designar el hecho fisiológico diario de defecar, es decir, de cagar. Aguas menores es simplemente mear. Si tenemos en cuenta que el año 1952 no había agua corriente en las casas, y mucho menos desagües, las necesidades mayores o menores se hacían en casa (en el mular, en el patio, en una escupidera) o en el campo, y lo más cerca del pueblo para estos menesteres era la haza de Perragorda.

Artículo Tercero. Queda terminantemente prohibido el arrojar basuras o escombros de cualquier clase en la vía pública, ni aguas sucias; los contraventores serán sancionados con multas de veinticinco pesetas.

"¡Agua va!" decía la gente en las películas de la Edad Media, al tiempo que arrojaba por la ventana el agua de lavar los platos o la de lavar el suelo. Muchas veces estas aguas arrojadizas venían directamente de la escupidera u orinal. En el pueblo no se llegaba a tanto, pero a la calle iban a parar aguas sucias, basura y desperdicios. El agua se traía en cántaros de barro que se llenaban en las fuentes que se surtían del nacimiento de Bajo Urán. En muchas casas había pozo.

Artículo Cuarto. Queda prohibido el sacar estiércoles de las viviendas o corrales de la población pasadas las nueve de la mañana, y éstos en las horas previstas serán sacados directamente desde los corrales a las caballerías o carros, sin dejar este estiércol amontonado en las vías públicas. Los contraventores serán sancionados con multas hasta cincuenta pesetas.

En casi todas las casas había una cuadra o mular donde se alojaban, comían y cagaban las bestias (mulos, caballos, burros) que ayudaban en las labores agrícolas. En el mular o tinado se iba acumulando el estiércol que luego servía como abono orgánico. Los abonos químicos llegarían más tarde. Cuando Juan Molina entró de alcalde, una de las primeras multas que puso fue a su antecesor en la alcaldía, José Godoy (Coscurrones), por amontonar el estiércol durante un día en la calle antes de llevárselo a sus tierras.

Artículo Quinto. El propietario de ganados que dejara los animales deambulando y sueltos por calles o plazas, será sancionado con multas de diez pesetas que serán hechas efectivas y ejecutivas inmediatamente por los Agentes de esta Alcaldía.

Por aquellos años, el censo de mulos, burros, caballos y bueyes para las faenas agrícolas (arar, barcinar, acarrear aceitunas, traer agua) era de varios centenares. Tampoco faltaban en las viviendas un cerdo para la matanza y alguna cabra para la leche y el queso; por las mañanas, el cerdo y la cabra se los llevaban al cabrero o al porquero para que carearan en el campo. Además, con los desperdicios de la comida, con la cabezuela (el afrecho) de la molienda  y algunas hierbas del campo, las familias criaban en los corrales gallinas y conejos para tener a mano huevos y carne. Aquella fauna libre por las calles, no solo no respetaba el Artículo Tercero de estas ordenanzas, sino que además era un peligro para los viandantes.

Artículo Sexto. Queda prohibido el lavar ropa y meter cubos en las fuentes públicas de la población, bajo multa de diez pesetas.

Las fuentes del pueblo estaban para beber las personas, para surtir de agua potable las viviendas y para abrevar al ganado en los pilones de La Linde o de La Fuente Vieja. La ropa se lavaba en casa en lebrillos restregando las prendas con jabón casero sobre las lavaderas de madera, con el agua traída en cántaros por las mujeres en el cuadril. Si hacía buen tiempo, la ropa se lavaba y se tendía para secar en las riberas de los ríos del Cerezo, del Arroyo o en el cao de los molinos.

Artículo Séptimo. Las personas que por calles se encontraran en estado de embriaguez y profieran palabras groseras o escándalos serán internados inmediatamente en el arresto público, sin perjuicio de la responsabilidad que por sus actos se hayan hecho acreedores, y serán sancionados con la multa de veinticinco pesetas y en caso de no poder hacer esta efectiva en metálico, redimirán un día de trabajo en obras municipales.

Los borrachos callejeros y escandalosos lo tenían crudo. Todavía me parece oír al zapatero de la Valenciana, quien cada vez que iba borracho, repetía una y otra vez aquello de: "¡Rebanás, platillos volantes y a mí qué!"

Artículo Octavo. Las caballerías que fallecieran en el casco de la población o extrarradio, deberán ser enterradas a más de un kilómetro de la población: los contraventores serán sancionados con multas de cincuenta pesetas y puestos a disposición del Gobernador Civil. Asimismo queda prohibido el tirar en las vías públicas ni arroyos o veredas animales de cualquier clase muertos o en estado de descomposición al objeto de evitar epidemias. Los contraventores serán sancionados severamente.

A veces, algún mulo, burro o caballo se moría en las eras y no había manera de moverlo para enterrarlo lejos; entonces, de la sierra llegaban dando vueltas por el cielo unos buitres negros, y del animal sólo dejaban los huesos mondos y lirondos. Más de una vez, algún buitre, ahíto de tanta carne como había ingerido, era incapaz de levantar el vuelo y los zagales lo paseábamos por el pueblo, cogiéndolo por los extremos de las alas, como si se tratara de un trofeo. Al final, lo poníamos sobre una linde alta y desde allí conseguía volar de nuevo. Aquellos sí que eran otros tiempos.

Artículo Noveno. Queda prohibido el tener en las vías públicas animales o ganado parado por estorbar el tránsito de las personas, ni el atado de caballerías en los portales o ventanas. Los contraventores serán sancionados con multas de diez pesetas.

Lo que ahora pasa con los coches, es lo que antes sucedía con las bestias: andaban sueltas o amarradas a las argollas que había en las paredes de las casas, ocupando la vía pública y con el peligro de dar una coz a algún despistado que pasara cerca.

Artículo Diez. Los dueños de fincas urbanas, al efectuar obras, cuidarán no entorpecer las vías públicas con los materiales u otros objetos procedentes de derribos, los cuales serán transportados fuera del casco de la población o lugar donde se les señale por los Agentes de este Ayuntamiento. Los contraventores serán sancionados con multas de diez a cincuenta pesetas.

Artículo Once. Los dueños de fincas rústicas colindantes a caminos vecinales, cuidarán no ensuciar con tierras o piedras las cunetas de los mismos ni sus cauces, bajo la multa de diez pesetas y la limpieza de los mismos.

Artículos Doce. Las personas que encontraren alguna res perdida o extraviada u otros objetos y no conocieran a sus dueños, tienen la obligación de denunciarlo en la secretaría del Ayuntamiento, la que dispondrá lo procedente en el caso.

Artículo Trece. Queda totalmente prohibido cruzar por tierras y hazas de otras personas donde no exista camino trazado al efecto y considerado como vecinal. Los contraventores serán sancionados con  multas de diez a veinticinco pesetas.

Artículo Catorce. Queda prohibido el dar cencerradas a los viudos o viudas que contraigan nuevas nupcias, bajo la multa de diez pesetas a cada persona que intervenga en las mismas.

El último cencerrazo sonado fue el que se dio a José Godoy (Coscurrones) cuando se fue con La Melliza. Duró tres noches. La última faena a un viudo fue cuando se casó de segundas El Albañilillo; en plena ceremonia metieron una cabra dentro de la iglesia y cerraron la puerta.

Artículo Quince. Queda prohibida la venta al público de carne en fresco o salado que no reúna las debidas condiciones de salubridad. La venta de pescado deberá ser revisado antes de proceder a la misma, así como los demás comestibles, los cuales serán decomisados si no reúnen las debidas condiciones sanitarias.

Artículo Dieciséis. Queda prohibido en el casco de la población toda clase de juegos de pelota y otros que puedan perjudicar a los transeúntes, así como el tirar piedras a los pájaros, ni con tirachinas. Los infractores serán sancionados con multas de diez pesetas, y en caso de tratarse de menores, serán forzosamente responsables los padres de los mismos.

En las calles había muchas piedras sueltas con las que matar gorriones o descalabrar a alguno. En aquellos años, las peleas a pedradas entre pandas de niños eran frecuentes. El tirachinas era un arma arrojadiza la mar de contundente para cualquier diablura (matar un gorrión, reventar una bombilla, romper un cristal, hacer sonar la campana...) y todos, de chico, teníamos uno. La horqueta del tirachinas era de olivo, las gomas se hacían con tiras de cámaras viejas de la bicicletas y el chino se agarraba con un trozo de cuero. Sin los adelantos de hoy, los niños vivíamos en las calles, en las eras, en el arroyo o apedreando gatos. Como no había móviles...

Artículo Diecisiete. Es obligación de los padres y tutores de los menores comprendidos en la edad escolar (de los 6 a los 14 años) el inscribirlos en las Escuelas Nacionales de esta localidad. Los Agentes del Ayuntamiento y demás autoridades velarán el cumplimiento de lo ordenado y serán sancionados todos los padres que sin causa justificada no eviten las faltas de asistencia a dichas Escuelas y su inscripción.











domingo, 6 de febrero de 2022

291.- Familia Díaz Moreno

Cada familia tiene su historia que, contada por capítulos, daría para una novela. A falta de esa novela que cuente nuestras vidas, siempre podemos acudir al álbum de fotos o a la lata de carne membrillo donde, en orden o desordenados, viven nuestros recuerdos y, al comentar esas fotos que van pasando, es cuando recorremos la novela de nuestra vida.

Diego Díaz Moreno, hermano de Juan Ramón (q.e.p.d.), e hijos de José Díaz (Pepe Noticias) y de Ana Moreno (Ana de la Marca) me trajo un día su álbum familiar y me dio permiso para publicar en este blog las fotos que en él se guardaban. De allí salieron las fotografías que aparecen en la entrada número 248 del MURRE, publicada en marzo del 2017 con el título "Familia Moreno Jiménez. Sandungas y Marcas". La entrada de hoy se la dedicaremos a los Díaz Moreno, una de las muchas familias de Villanueva del Rosario que tuvieron que sobrevivir como emigrantes en tierras extrañas, cuyas gentes no siempre disimulaban el rechazo que les producían aquellos españoles (de mierda, decían a veces) que les quitaban el trabajo.

El año 1957 José Diaz (Noticias), ya casado con Ana y con dos hijos pequeños, vendió una tierra, sacó un pasaje en el trasatlántico Lusitania y se fue a trabajar (no sabía en qué ni con quién) a Venezuela, ese país al otro lado del charco donde al menos se hablaba en español. Trabajó duro, ganaba bien, pero a los 18 meses decidió volver pues las cosas se complicaron en Venezuela al llegar al poder el dictador Pérez Jiménez.

A los tres meses de volver, se incorporó a una expedición de andaluces que iban al norte de España, a Navarra, a trabajar en la recogida de papas. Otros muchos saucedeños ya se había ido antes al Norte a sembrar pinos en Logroño. Algunos no volvieron y buscaron trabajo en Bilbao.

Según me cuenta su hijo Diego, un tal Serranito, oriundo del pueblo pero que había tenido que irse a Francia a consecuencias de la Guerra Civil, le proporcionó a su padre la dirección del empresario francés con el que trabajaba pues necesitaba a alguien que entendiera de labores agrícolas. Pepe no lo dudó y, otra vez solo, en 1959 dejó a su mujer y a sus dos hijos, y se fue al sur Francia, cerca de Perpignan. En 1961 la familia por fin se reúne al completo. Nada más llegar, los dos hijos, Diego de 14 años y Juan Ramón de 10, comienzan no sin problemas sus estudios en una lengua que les sonaba a chino.

Diego (que adoptó como nombre el equivalente francés Jacques) pudo iniciar sus estudios por el empeño de un profesor italiano, también emigrante, hasta obtener el título equivalente al de nuestra Secundaria, con el que luego pudo hacer un Bachillerato Técnico. Diego se fue solo a París, trabajó en lo que pudo, prosiguió sus estudios y consiguió llegar a Ingeniero Técnico Superior. Juan Ramón no fue tan buen estudiante pero sí un trabajador incansable; se trasladó con su hermano a París, terminó una FP y con el tiempo llegó a ser director de una agencia francesa de transportes.

Pepe y Ana siguieron trabajando hasta el año 1975 en el que, una vez jubilados, volvieron al pueblo. Sus hijos se especializaron en trabajos no tan duros como sus padres, pero sí de más responsabilidad y muy bien remunerados. Diego, técnico en el tratamiento de aguas, dirigió trabajos de su empresa francesa por medio mundo: China, India, Venezuela, Méjico, Hungría, Qatar, España, Zambia... Hasta después de jubilado, seguían llamándolo como experto para proyectos en otros muchos países. Juan Ramón fue contratado para reflotar empresas en crisis, reorganizando las plantillas de personal y haciendo rentables negocios que estaban al borde de la quiebra. Siguieron con sus trabajos hasta el año 2010 y, como sus padres, retornaron al pueblo.

Esto último suena bonito, pero detrás hay toda una vida de sacrificio, de trabajo y de esfuerzo. Para los emigrantes fue duro tener que irse y para muchos el volver a su pueblo ya no era una opción. Su descendencia ha roto los lazos con las raíces de sus padres y, si vienen al pueblo, ni nadie los conoce, ni ellos conocen a nadie. No es el caso de nuestros paisanos Diego y Juan Ramón.

Diego hizo la mili en Francia. Aquí parece un gendarme.


Pepe Díaz de soldado

Ana


Pepe se fue a Venezuela con el 'Melón' que aparece en la foto y con un Gregorito


La foto del caballito convertido en avión.



La familia de paseo en Francia


Diego, el segundo por la izquierda, trabajando de camarero

Diego, con su característico gesto de curiosidad inteligente.

En el pueblo con unos amigos
Diego, Jorge, Juan Antonio, Pérez Navas

Diego y Charo

Charo, Diego y Diego Ángel

Padre e hijo

Diego Ángel



Pepe y Ana, ya jubilados, en su tierra cerca del cortijo Pérez

De baile con las Marcas



En la plaza de toros de Antequera, 


Ana y Pepe en la puerta de Notre Dame en París

Juan Ramón, Charo y Diego


Juan Ramón y su hija Julie

Janine, Julie y Juan Ramón




En París, desde el Sacré Coeur


martes, 18 de enero de 2022

290.- Cosas y casos

Una cosa es la historia y otra es la vida. La historia son los grandes hechos protagonizados por unos pocos y que recogen los libros, los documentos, el arte, los museos... La vida es lo que cada uno de nosotros hacemos o dejamos de hacer cada día; lo que sentimos, vemos, sufrimos, disfrutamos cada hora y cada minuto de nuestra existencia. Lo más seguro es que, si no inventamos algo grande, no escribimos una gran novela o no cometemos un disparate descomunal, nunca aparezcamos en los libros de historia. Este MURRE está hecho de retazos de vida acaecidos en nuestro pueblo y que al resto de la humanidad le importa bien poco, pero a nosotros sí. ¿Y de qué puedo hablar hoy? De cuatro casos o cosillas de nuestra intrahistoria, como llamaba Unamuno al quehacer diario.

Asunto 1. Impuesto a los analfabetos

En sesión ordinaria del día de enero del año 1954 los miembros de la Corporación Municipal que constituían el Ayuntamiento de Villanueva aprobaron por unanimidad la ordenanza que imponía un impuesto a los saucedeños y saucedeñas que no supieran leer ni escribir. Transcribo lo que se acordó.

El Sr. Alcalde da cuenta de la ordenanza confeccionada para el cobro del arbitrio con fin no fiscal sobre analfabetos de uno y otro sexo mayores de 15 años, confeccionado al amparo de lo dispuesto en la Orden del Ministerio de Educación Nacional de fecha 30 de julio de 1953, Ley de Régimen Local de 16 de noviembre de 1950. La Corporación, después de un detenido estudio de la misma, teniendo el cuenta el elevado número de analfabetos de ambos sexos que arroja el censo de esta localidad, cuyo número es de 300 en ambos sexos, por unanimidad y sin discusión alguna aprueban prestarle su aprobación en todas sus partes, cuyos ingresos se destinarán en su totalidad al establecimiento y gratificaciones de los Maestros Nacionales que atiendan las clases de adultos y adultas que se establezcan para la extensión (sic) del analfabetismo.

Es obvio que donde dice extensión, el escribiente quiso poner extinción. 


Asunto 2. Dos fuentes, dos caños

Aunque no llueve como antes y los estiajes son cada vez más prolongados, en nuestro pueblo podemos estar contentos porque el agua no nos falta. Eso sí, hay que hacer un uso razonable de este preciado líquido y evitar derrocharla especialmente en verano. Así y todo, quisiera hacer una breve consideración sobre las fuentes públicas (dos grandes, la del muro y la de la Fuente Vieja, y algunos surtidores) que no disponen de un dispositivo de cierre y por lo tanto no cesan de fluir. Está claro que parte del agua que de ellas mana sirve para que algunas personas beban, para llenar recipientes o para que se bañen las palomas. Es más, el agua de la Fuente Vieja va directamente al Arroyo de la Canaleja con lo que, si no fuera por esta agua, en verano estaría completamente seco. El caudal de la fuente del muro tendría que ir también al Arroyo.

No obstante, y sin ánimo de crear polémica, he calculado por encimilla el agua potable que se 'desperdicia'.

Según nuestras cuentas, tirando por lo bajo, el caudal de agua que sale por los caños de estas dos fuentes es de medio litro por segundo; 30 litros por minuto; cada hora 1800 litros; al día 43.200 litros, que multiplicando por los 365 días del año da un total de 15.768.000 litros. Alguien hizo la cuenta de la vieja diciendo que con esa agua que no cesa de salir ni de día ni de noche, tanto en invierno como en verano, se podrían llenar 31 millones y medio de botellas de medio litro, que vendidas a 0.20 céntimos cada una daría un resultado de 6.300.000 euros. Tenemos un tesoro y no lo apreciamos.







Asunto 3. En un día, todos vacunados

A mediados del siglo pasado fueron muchas las personas, familias enteras, que tuvieron que irse del pueblo como emigrantes en busca de trabajo y de mejores condiciones de vida, hacia lugares tan lejanos como Cataluña, Francia, Alemania o Australia. A Alemania iban sobre todo hombres, casados o solteros, sin apenas formación, que durante un tiempo más o menos largo trabajaban en las faenas duras que los alemanes no querían hacer, como le sigue sucediendo en la actualidad a todo el que emigra. Lo que movía a estos saucedeños era la ilusión de volver pronto al pueblo con un dinero para arreglar su vivienda, casarse, comprar alguna tierra o iniciar un negocio.

En el caso de Alemania, todos los que llegaban eran sometidos a un exhaustivo examen sanitario, de la cabeza a los pies. En una de estas revisiones, los médicos detectaron en un emigrante del pueblo algunas lesiones compatibles con la lepra, una enfermedad que a mediados del siglo pasado todavía tenía alguna incidencia en España, pero que en Alemania ya estaba totalmente erradicada. Esta enfermedad no es contagiosa y tiene cura, aunque las lesiones que se hayan producido antes del tratamiento sean irreversibles. El caso es que las autoridades sanitarias alemanas dieron cuenta del hecho a las españolas. El embajador llamaría a Madrid, el Generalísimo le montaría un número al Ministro de Sanidad, el Ministro llamaría de momento al Gobernador Civil de Málaga, el Gobernador civil convocaría a los equipos médicos y así sucesivamente. A lo que íbamos: un día, creo que del año 1965, todos los saucedeños y saucedeñas fuimos conminados y conminadas a acudir en fila india al Grupo Escolar (el centro de salud quedaba pequeño) donde nos esperaban un montón de técnicos sanitarios que, aguja en ristre, de un tirón y en una sola jornada nos inocularon uno a uno la vacuna de la lepra.

Los trabuqueños, como son como son, cuando se enteraron del episodio, empezaron a llamar a nuestro pueblo Molokai, nombre de una película española que se había estrenado hacía poco, en 1959, y en la que se contaba la vida del padre Damián, un misionero belga que dedicó su vida a cuidar a los leprosos confinados en Molokai, una isla hawaiana.

Asunto 4. Los megavatios y las mariposas

No sabemos por qué, pero el precio de los megavatios está por los quirios y el recibo de la luz es un atraco. Cuando yo era chico no había ni vatios, porque la electricidad era escasa, sin apenas fuerza e intermitente: se iba cada dos por tres. En las casas sólo había algunas bombillas para alumbrarse; los electrodomésticos no existían y por eso en las viviendas no había ni enchufes. Los primeros aparatos que se enchufaron a la raquítica red eléctrica fueron los aparatos de radio, lujo y privilegio de pocas familias. Luego llegarían las planchas eléctricas, los ventiladores, el tocadiscos, el televisor de Rafalito Julián, las maquinillas de afeitar, lavadoras... y así hasta el infinito en el que vivimos. Un apagón ahora sería el acabose.

El recibo que marca la electricidad consumida, de siempre lo hemos llamado el recibo de la luz, porque este invento tuvo como primer cometido alumbrar las casas y las calles, con la luz que salía de un alambrillo que se ponía incandescente dentro de una bombillas de cristal. Antes de la llegada de la luz eléctrica, o en los días en los que el suministro se cortaba por una avería, las casas se alumbraban con aparatos en los que se quemaba cera, grasa, aceite, petróleo. Eran los candiles, las velas, los quinqués...

Aparte del candil de las casas pobres y los velones de cobre de las casas ricas, estaban las mariposas, artilugio que el diccionario de la RAE define como "pequeña mecha afirmada en un disco flotante y que, encendida en su recipiente con aceite, se pone por devoción ante una imagen o se usa para tener luz de noche". En las iglesias, junto al altar del sagrario, siempre había encendida una mariposa. El aceite que se quemaba en las mariposas era el de peor calidad, el aceite lampante, pues solo sirve para eso, para las lámparas.

Velón de cobre con cuatro mechas

Varios tipos de quinqués. El almirez es que estaba ahí.

Candil, sin aceite y sin torcía.

Quinqué de postín. El combustible era el petróleo.

Cajas con mariposas

Mariposa en funcionamiento.