sábado, 3 de enero de 2015

146. Saucipedia. Oficios perdidos 2

Segunda entrega en la que volvemos a hablar de oficios que el tiempo ha ido arrinconando.

Carbonero
Duro y negro era el oficio de carbonero. Armados de herramientas precarias, los carboneros cortaban las encinas, trazaban la leña, sacaban las chuecas y amontonaban los troncos hasta formar un montículo que cubrían con tierra. Por unas bocas que dejaban en la carbonera, prendían fuego al horno para que durante dos semanas la madera ardiera lentamente en su interior hasta convertirse en carbón.
Desde que el hombre primitivo aprendió a encender fuego, la humanidad ha iluminado las noches, se ha calentado el cuerpo y ha cocinado sus alimentos aprovechando la madera de los bosques y montes. La llegada de otras fuentes de energía (petróleo, electricidad o gas) arrinconaron el ancestral oficio de carbonero. Los montes de nuestro pueblo, muchos de ellos roturados y arrasados, estuvieron en otro tiempo cubiertos de espesos bosques de encinas, quejigos, sauces, álamos… Los topónimos -los nombres de parajes y lugares- nos hablan de la abundancia de árboles: Saucedo (sauces), Quejigar (quejigos), Nebral (enebros), el Brosque (el Bosque)… La actual cortijada de las Carboneras debe su nombre a las familias de carboneros que allí se instalaron y que vivieron durante siglos del aprovechamiento de la leña de las encinas que generaciones de familias convirtieron en carbón vegetal.
Mi padre fue carbonero. En esta foto se le ve arreando el burro que transporta las ceras con el carbón que él había sacado roturando la Breña. Parece un viejo, pero cuando le hicieron esta foto apenas tenía cuarenta años; murió con cincuenta y tres.


Esta plancha era de las que se calentaban poniendo ascuas de carbón en su interior.
Pensaor
Los oficios desaparecen y los nombres con que designan se mantienen, pero llega un momento en que no sabemos qué significa la palabra que los nombra.
Si alguien oye decir: “Mi abuelo fue pensaor en el cortijo del Turco”, puede que se quede perplejo ante un oficio tan intelectual para un campesino. Acudimos al diccionario y buscamos pensa(d)or: “En los cortijos de Andalucía, mozo encargado de dar el pienso al ganado de labor.” Al diccionario se le olvida decir que este pienso se les daba a las bestias de noche para que estuvieran bien alimentadas y así pudieran arar o barcinar al día siguiente. El pensaor, además de la paja, echaba en los pesebres de los animales algunos puñados de grano para potenciar el pienso. Este grano o cebo se llevaba en un capazo de esparto que se llamaba cebero.

Herrador
Para poder realizar las faenas agrícolas, en el pueblo había cientos de animales de tiro y de carga (mulos, burros y caballos) que necesitaban ser herrados cada cierto tiempo. El oficio de herrador era muy valorado, si el que lo ejercía conseguía calzar a los animales sin hacerles daño y de forma segura. La llegada de la maquinaria agrícola hizo innecesario el trabajo de las bestias y estas desaparecieron de los campos y de las cuadras; tras ellas se fue el oficio de herrador del que solo ha quedado el apodo que aún lleva una familia.

Antigua fotografía en la que se ve a un herrador rodeado de un grupo de personas.
Por los sombreros que llevan los hombres y los vestidos de las mujeres, esta fotografía
debió de ser tomada en los años veinte del siglo pasado.
Grupo de hombres sentados en el bar. El primero por la derecha es Cristóbal el Sacristán.
El primero por la izquierda es Manolito el Herrador.

Sacristán
Para la celebración de los oficios religiosos en las parroquias eran necesarios tres participantes: el cura, el monaguillo y el sacristán, un trío que con el tiempo ha ido perdiendo miembros, al menos en nuestro pueblo, hasta quedar reducido a uno solo oficiante: el sacerdote, que además viste de paisano, sin sotana y sin coronilla.
La gente mayor recuerda aquellas misas en las que el cura, ante el altar y vuelto de espaldas a los asistentes oficiaba la misa en una lengua que solo él entendía: el latín. El sacerdote saludaba: Dominus vobiscum, y todos respondíamos sin saber lo que decíamos: Et cum spiritu tuo, lo cual traducido significa: El Señor esté con vosotros. Y con tu espíritu.
Tuvo que celebrarse un Concilio Ecuménico en Roma a principio de los años sesenta del siglo pasado presidido por un papa entrañable, Juan XXIII, para que las misas se oficiaran desde entonces de cara al público y en la lengua de cada país.
El último sacristán que hubo en el pueblo fue Cristóbal Navas, Cristóbal el Sacristán, como todo el mundo lo llamaba. Este hombre, bajito, calvo, regordete y fumador empedernido, cantaba en misas y entierros con voz entonada y tocaba el armonio bastante bien; eso sí, interpretaba el canto gregoriano de una forma muy peculiar; lástima que no se hubieran grabado sus misas de difuntos o cuando cantaba las largas letanías en los oficios de Semana Santa.

Este es el viejo órgano de la iglesia, una reliquia milagrosamente salvada de la venta del patrimonio.
Cristóbal el Sacristán lo tocaba en la iglesia moviendo los pedales que daban aire a los fuelles.
Vista de la iglesia desde el coro, donde se conserva el órgano.

Posadero
Para los viajeros y comerciantes que se trasladaban en caballería de un pueblo a otro, antes de que llegaran los automóviles y las carreteras asfaltadas, había ventas a lo largo del camino, más o menos a cada legua; eran establecimientos donde las personas y sus animales se alojaban, descansaban y comían. En nuestro término municipal, territorio de paso obligado para acceder a Málaga por el norte, había varios caminos y realengas en los que se habían instalado numerosas ventas, ventillas, ventorros y ventorrillos, edificios que han desaparecido y de los que ahora solo queda el nombre.
En el pueblo los establecimientos en los que se alejaban los arrieros, comerciantes o artesanos eran las posadas. En los años cincuenta había dos posadas situadas en dos viviendas de la plaza del ayuntamiento, la plaza de abajo; hay una calle que nos recuerda estos establecimientos hoy desaparecidos: la calle Posadas.
En el pueblo estaban las posadas donde paraban los arrieros que venían de la costa con naranjas, limones, aceite, vino, manzanas… Allí se alojaba también el hombre que venía a cobrar las contribuciones, el que arreglaba las sillas, el que reparaba los sombreros o el que vendía navajas de Albacete.
También funcionó durante unos años la fonda de la familia Molina, situada en el edificio donde ahora viven los dueños de la Alacena. Entonces era un bar, y se lo compró Joseíto Arradio a Paco Molina con parte del dinero en marcos alemanes que cobró cuando le tocó la primitiva en Alemania, adonde había emigrado como otros muchos saucedeños para trabajar.

Rótulo de la calle donde estuvieron situadas las primeras posadas.

En la plaza del ayuntamiento hubo dos posadas: en la casa de Pepe el Gamba, la posada de abajo; en la casa de enfrente estaba situada la posada de arriba.




Recovero
En Villanueva del Rosario ya no hay recoveros. Del oficio de recovero dice el diccionario de la Real Academia: “Persona que va por los cortijos comprando huevos, gallinas y otras cosas semejantes para luego revenderlos.” Los recoveros y recoveras, porque también hubo mujeres que ejercieron este oficio, compraban lo que en los cortijos se producía, a la vez que vendían productos y objetos indispensables como telas, platos, artilugios domésticos…
Anastasio Párraga Patricio, personaje del que ya hablamos en este MURRE, compuso para el carnaval de 1931 esta letra de comparsa en la que refiere un percance que le ocurrió a Lucas el Recovero.

Voy a contarles, señores,
un chapú que le pasó
a Lucas el Recovero
con un borrico capón.

En el Hoyo de Alemanes
ató el borrico a un cercao
y se fue en busca de etas
por todos aquellos praos.

El borrico se soltó
y tiró para el Sauceo;
los huevos se los quebró
y tiró hasta el aparejo.

Lucas decía furioso:
¡Virgen Santa del Carmelo!
aunque pierda la quincalla
que no me quiebre los huevos.

Gallinas atentas a la cámara. Con los huevos de gallinas como estas trajinaban los recoveros.


Partera
Desde que el mundo es mundo las mujeres han parido en sus casas. Los de mi generación nacimos todos en el domicilio familiar; a los hospitales más cercanos, el de san Juan de Dios de Antequera o el Civil de Málaga, solo se iba para operaciones de apendicitis, para arreglarse los huesos rotos o para ser atendidos de complicaciones graves.
Como no había matronas. Si había complicaciones se llamaba al médico del pueblo, que cobraba por ello; lo normal era que a la parturienta la asistiera una partera, mujer mayor experta en estos trances. Debido a las precarias condiciones higiénicas en las que tenían lugar los nacimientos, eran muchas las mujeres que morían por las complicaciones que aparecían en el parto o en la cuarentena.
Mi hermana Remedios fue comadrona titulada y, antes de irse primero a Antequera y luego a Carlos Haya, ejerció su labor en el pueblo a partir de los años cincuenta del pasado siglo. Contaba que en muchas ocasiones tuvo que asistir a las mujeres en habitaciones que ahora nos parecerían inhumanas, sobre todo cuando los partos se presentaban en los cortijos, sin luz, ni agua, ni nada que garantizase unas mínimas condiciones de salubridad.

1 comentario:

  1. Hola a todos los seguidores de este blog .Abrir el ordenador y ver el contenido de estas fotos, me ha hecho rebobinar al pasado ,y recordar todos estos oficios tal como yo los he vivido de pequeño.Cual ha sido mi sorpresa al ver el órgano ,que tantas veces había oído tocar al Sacristán y aun se conserva, ya que yo también fui monaguillo.Viejos oficios que con el tiempo se han ido perdiendo.Bueno amigos hasta otro día un saludo para todos de este sauceeño.

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